jueves, 17 de mayo de 2012

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA II

En camino hacia lo “todavía-no-dado”

El hombre que vive en actitud esperanzada no evade la realidad. La esperanza no es mera ilusión o fantasmagoría, sino que en ella se encuentra imbuido todo lo real, pero real no como inmutable y estático. Así lo atestigua Moltmann: 

“la esperanza no toma las cosas tal como se encuentran ahí, sino tal como caminan, tal como se mueven y pueden modificarse en sus posibilidades. Las esperanzas tienen sentido tan sólo mientras el mundo y los hombres que viven en él se encuentran en estado inacabado, en un estado de fragmento y experimentación (…) Por ello, las esperanzas y las anticipaciones del futuro no son una aureola resplandeciente, colocada sobre una existencia que se ha vuelto gris, sino que son percepciones reales de lo real posible, que ponen todo en movimiento y lo mantienen en variabilidad”.[1]
 
 De esta manera la esperanza no es un consuelo ante una existencia gris dado que no abarca un más allá sin termino, no se refiere a “lo real imposible” pero alentador, sino que se fundamenta enlo por-venir” como “lo real-posible”. El hombre y el mundo están en constante transformación y esto gracias al carácter de posibilidad, porque lo verdaderamente propio no se ha realizado ni en el hombre ni en el mundo, se halla en espera (…) Lo posible es, como lo no completamente condicionado, lo cierto[2]

Que lo propio del hombre y del mundo no esté realizado implica que están en camino. Esto lleva a pensar que nunca se llegará al final, sino que siempre estaremos en calidad de viajeros y, como seres finitos existencialmente, moriremos viajando y con la felicidad de haber hecho camino, de haber andado. En esto consiste la felicidad: en hacer camino. No en vano nos dice Fernando Gonzales que “el fin de la vida es conseguir capacidad de morir alegremente”. 

La concepción del hombre como viajero invita, entre otras cosas, a pensar que la esperanza nunca es una conquista. Pues, la conquista de una esperanza sería el vientre de toda desesperanza. De ahí que Comte-Sponville piense que “cada nueva esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas”[3]. Pero si una desesperanza proviene de una esperanza previa es porque la esperanza se ha determinado, lo que de suyo es inconcebible. Esperar algo determinado no es una cuestión de esperanza, sino del deseo. Pues el deseo siempre está referido a un objeto o una cosa específica, algo de lo cual se carece, algo que se apetece, que se necesita y que demanda ser saciado. La esperanza no se refiere a nada determinado, sino que está abierta al horizonte para permitir el viaje hacia la felicidad y ésta nunca es algo determinado u objetivado. 

Aunque la esperanza al igual que el deseo está referida a algo de lo que se carece y que necesita -y por eso decimos que el hombre y el mundo están en estado inacabado, en espera-, se diferencia de éste precisamente por la cualidad de su referente; para el deseo es algo que está ahí ya dado, para la esperanza es algo que también está ahí pero como todavía-no-dado.  La esperanza en tanto búsqueda de lo todavía-no-dado es una invitación a la creación, mientras que el deseo por buscar lo dado es una invitación a la empoderación. He aquí otra gran diferencia.


[1] Cf., MOLTMANN, Jürgen, Teología de la esperanza. Salamanca: Sígueme, 1981, p. 31-32.
[2] Cf., BLOCH, Ernst, El principio esperanza, tomo I.  Trota, 2004, P., 237.
[3] COMTE-SPONVILLE, André, El mito de Ícaro, Madrid: Mínimo Transito, 2001, p., 11.

Fuente: Sofía

martes, 8 de mayo de 2012

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA I


“La filosofía tendrá que tener conciencia moral del mañana, tomar partida por el futuro, saber de la esperanza, o no tendrá ya saber ninguno.”
Ernst Bloch

Pensar en el mañana como detonante es arriesgarse a recrear el mundo junto con el hombre que lo habita. El hombre es ser-en-el-mundo como ya lo atestiguo Heidegger y como tal es un ser fragmentario e inacabado, haciendo a la vez al mundo tan fragmentario como él. En este campo el hombre pone en juego su pasado (su historia, su tradición), su presente (su ser-ahora), y su futuro (su no-ser). Pone en juego su realidad a partir de una deconstrucción de su existencia. Una existencia que es dinámica y tiene que ser así para que pueda tener algún sentido.

Que el mundo esté en estado de no-ser, en tanto inacabado y que el hombre esté, de manera ineludible, inmerso en tal mundo, supone un trabajo y tal es que busque la realización de su ser, desde la realización del mundo que habita y que por tal le pertenece, como un acto de responsabilidad, no sólo con él y el mundo, sino con la humanidad entera. Esto implica que el hombre se piense desde su historia, desde lo que en el ahora le acontece y finalmente de todo lo que esto le genera y le demanda en la construcción de su futuro

Lo que se pretende, pues, al situar al hombre y al mundo en estado inacabado, es situar a la filosofía, en tanto ésta aborda al hombre en relación con el mundo, como una filosofía que debe ser pensada, desde el pasado pero sin quedarse en él, desde el presente como su campo de acción y desde el futuro, especialmente, como garante de saber, como conciencia de supervivencia. 

Queremos hacer énfasis en el carácter de futuro como conciencia de supervivencia de la filosofía, porque si bien ésta tiene que plantearse los problemas que se presentan actualmente, tiene que pensarlos desde las implicaciones que estos puedan tener para la humanidad en un mañana, pues, ciertamente, ya tiene implicaciones en la humanidad del hoy. Todo esto puede ser elaborado muy bien desde los interrogantes ¿cuál es el mundo que queremos para las próximas generaciones? ¿Cuál es el tipo de hombre que estamos construyendo y que en realidad queremos construir? Esto último teniendo en cuenta que la realidad objetiva permea a todo ser humano en ella inmerso y que por tal le afecta. En definitiva el futuro del hombre y con él el del mundo deben ser pensados. 

El hombre, es una realidad que no era ayer lo que es en este instante y no es ahora lo que será mañana. Su ser de hoy se da con perspectiva de lo todavía no dado: la vida baila al compás de un melodioso resurgir que acontece al resucitar cada mañana, al llegar el alba, luego de la muerte ensayada que produce el sueño de la noche. Vive en apertura, en actitud esperanzada, para permitir que se abra el horizonte de aquello que en él está dado como posibilidad. Lo que de suyo muestra que el hombre es un ser inacabado. Es el ‘ya’ pero ‘todavía no’.

Abrir el horizonte es permitir el viaje. Es zarpar mar adentro, es atreverse a escalar la inacabada colina de la vida y ascender en el autoconocimiento, a partir del conocimiento del mundo, de la realidad. Emprender el viaje es permitir “que se pueda navegar así en sueños, que sean posibles sueños diurnos, muy a menudo sin garantía, esto es lo que caracteriza el gran lugar de la vida todavía abierta, todavía incierta en el hombre”[1].

Se reconoce aquí un problema en cuanto a la esperanza. Tal problema radica en que puede hacer que el hombre duerma y se sumerja en un profundo sueño, esperando algo que no es seguro que llegue y como resultado le genere frustración. Esto cargaría a la esperanza con significación peyorativa. Pero también reconocemos que rechazar la posibilidad o existencia de la esperanza es comprensible, pues no es fácil confiar en un futuro cada vez más lejano, un futuro que ha sido relegado a un ‘más allá’ sin término y que lleva a que el hombre viva el hoy sin perspectiva de futuro, sin reconocer que el futuro tiene su realidad desde el hoy que se vive.

Comprendemos así que algunos piensen que cada nueva esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas, como es el caso de André Comte-Sponville; también comprendemos que se piense que la actitud esperanzada mantiene al hombre dormitado y que de esta manera no vive nunca, pero espera vivir. Como es el caso de Pascal, a quien cita Comte-Sponville en el prólogo del El Mito de Ícaro

Acerca de que el hombre no vive, sino que espera vivir –si entendemos esto como evasión de la realidad que nos circunda- Leibniz tiene una forma muy particular de llamarlo: la razón perezosa, rescatando la sabiduría de los antiguos. 

“En todo tiempo se han dejado llevar los hombres de un sofisma, que los antiguos llamaban la razón perezosa, porque lleva a no hacer nada, o por lo menos a no cuidarse de nada, y a seguir sólo la inclinación a los placeres del presente. Porque -se decía- si el porvenir es necesario, lo que debe suceder, sucederá, hágase lo que se quiera. Ahora bien; el porvenir -se añadía- es necesario, ya porque la divinidad lo prevé todo, y hasta lo preestablece de antemano al regir todas las cosas del universo”.[2]

            La problemática que entraña tan particular razón se resuelve fácil si sostenemos la exposición que traemos al respecto de que la esperanza tiene su realidad en el ahora, puesto que no espera conseguir algo quien no trabaja por conseguirlo. Si el hombre espera aferrado a que alguien o algo ajeno a él lo haga un ser finalizado, acabado, esto ya no es actitud esperanzada sino, actitud (o razón) perezosa, y estas dos actitudes, no son afines.  Sin embargo, si el porvenir es necesario, como esfera de realización del hombre, no lo es en tanto algo ya determinado, como si el destino de cada hombre estuviese fijado desde antes de ser formado o antes de salir del seno materno. El destino es en la medida en que se va construyendo, no en vano dice Antonio Machado: “caminante no hay camino se hace camino al andar”.

 Fuente: Sofía

[1] Cf., Ernst Bloch, El principio esperanza, tomo I. Madrid: Trotta, 2004, P., 237.
[2] LEIBNIZ, Godofredo Guillermo, Teodicea: ensayos sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. Buenos Aires: Claridad, 1946, p., 35.

martes, 24 de abril de 2012

FILOSOFÍA PARA SER NIÑO


Mario Dominguez
Martes, 24 Abril, 2012
 
Hace algún tiempo, más propiamente el 4 de mayo de 2009, la revista Emeequis publicó la siguiente noticia: “¡Extra! ¡Extra! Adolescentes se transforman en Zombies” en la que se informa que dicha transformación es una “abominable consecuencia por haber borrado la filosofía de los planes de estudio de la SEP para bachillerato”. Y recientemente el filósofo Gabriel Vargas Lozano dijo en una entrevista con Casa del Tiempo que la enseñanza de la Filosofía debe empezar con los niños  “mediante juegos lógicos, cuentos y diálogos adecuados a su edad para despertarles su inteligencia”. 

Antes de ser adolescente se es niño. ¡Y quién lo creyera, también hay niños Zombies! Niños a quienes se les ha privado de su niñez, niños autómatas. Niños que cada vez preguntan menos, dado que no hay indagación al respecto de las preguntas, sino respuestas inmediatas, respuestas, por demás, estandarizadas. Niños con su niñez adormecida por los videojuegos, la televisión, los Ipod, etc. 

Poco o nada se habla de esto, pero los niños también padecen la globalización, el neoliberalismo y sucumben ante las atracciones que les presenta el Gran Capital. Aquí toman vigencia y protagonismo, también, las palabras tan crudas de Eduardo Galeano: 

“Día tras día, se niega a los niños el derecho a ser niños. Los hechos, que se burlan de ese derecho, imparten sus enseñanzas en la vida cotidiana. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ricos ni pobres, los tiene atados a la pata del televisor, para que desde muy temprano acepten, como destino, la vida prisionera. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños”[1].

Uno de los derechos del niño, el esencial, es el derecho a ser niño. La imaginación es la materia prima, el sine qua non, del ser niño. Sin la cual la vida y el mundo son una cárcel. Sin la cual no hay libertad. La imaginación estimula el pensamiento, dibuja otras realidades, ensancha el mundo; revoluciona la vida, pues, posibilita otras maneras de entenderla, de vivirla. Recordemos que, tal como bien lo indica Carlos González, “sólo imaginando otros mundos podemos desearlos, y por tanto decidirnos a cambiar el mundo que conocemos.”[2]
 
Cambiar el mundo, es aquí donde la filosofía juega su rol fundamental. Ya el filósofo alemán Ernst Bloch lo indicaba en una de sus máximas más queridas: “Pensar significa traspasar”. La filosofía es, desde esta perspectiva, pensamiento creador. No se trata sólo de imaginar, sino de darle piso a lo imaginado; construir mundo. La enseñanza de la ética, que se trata relacionalmente del bienestar común; de la lógica, que procura coherencia y orden; de la estética, que procura creación y estimula el juicio crítico a partir de lo que gusta o disgusta y con esto un modo de vida. La filosofía procura un modo de vida, creativo, crítico, dinámico; procura que el niño piense y ordene su mundo según unos criterios razonables. Aun cuando sea razonable a la manera del niño, pues no se trata de adultecerlos. Tan sólo de mostrarles un camino distinto y, a nuestra manera de verlo, el mejor de los caminos, el de la filosofía.

La filosofía tiene como piedra angular el asombro. El asombro es por definición lo que nos desanquilosa; filosóficamente es lo que posibilita y dinamiza el pensamiento, procura la indagación,  insertándonos en el mundo y sacándonos de él proponiendo dialécticamente otros mundos posibles. Así la propuesta del maestro Gabriel Vargas Lozano no es descabellada cuando dice que “la filosofía debería ser un derecho para todos. Derecho de juzgar, cuestionar, criticar, discernir, problematizar, conceptualizar, argumentar”[3].

Así pues, abogamos por la enseñanza de la filosofía, no sólo en la educación media superior, sino desde la niñez. No debemos perder de vista que “los niños son profundos y desconcertantes, y esta combinación es el clásico territorio de la filosofía”[4].

La filosofía para niños requiere una dinámica bastante diferente de la filosofía que se imparte en el bachillerato; es más, en términos generales la filosofía requiere una dinámica diferente en su enseñanza. Pero esto es motivo de próximas reflexiones. La dinámica de la enseñanza de la filosofía para niños depende exclusivamente de la edad del niño, dado que según esta, así es el mundo que habita, no se puede tratar de igual manera a un niño de 7  que a uno de 9 ó 10 años. Además en la mayoría de los casos de acuerdo a la edad su grado de escolaridad es también diferente, algunos serán más versados en la escritura y la lectura que otros, y esto es bien importante tenerlo en cuenta.

Sin embargo, el mayor de los recursos de la filosofía es la palabra y con ella el diálogo. Matthew Lipman propone hacer con los niños una comunidad del diálogo, mediante la cual estos se expresan, elaboran preguntas, elaboran respuestas, argumentan, reconocen la importancia del otro, el respeto, la tolerancia; toman conciencia de los espacios y del tiempo. La propuesta de Lipman es viable, tanto así que se han creado varios centros de Filosofía para Niños con gran éxito.

Ahora bien, la comunidad del diálogo no es la única posibilidad de hacer Filosofía para Niños. El arte nos brinda herramientas exquisitas de las cuáles nos podemos servir. La pantomima, por ejemplo, estimula el pensamiento lógico y la interacción cuerpo-mente generando patrones de coherencia, además de posibilitar y desarrollar el tan complejo ejercicio de pensar-actuar de una manera tan coherente que el otro, el espectador o receptor, lo pueda entender. 

Está también la pintura que, filosóficamente, puede ser entendida como una figuración del mundo. Esto sólo por citar otros ejemplos o recursos didácticos que los que comúnmente se plantean, tales como la lectura y la escritura, que son los más implementados.

Enseñar Filosofía a los niños es según lo hemos planteado necesario y posible. Necesario pues no queremos niños Zombies y autómatas, sino niños que sean niños; y posible porque hay los recursos suficientes para Filosofar con ellos.


[1] Citado por Sylvia Jaime en “Cambio de marcha en la enseñanza de la filosofía”, ponencia recopilada en “La situación de la filosofía en la educación media superior”, Gabriel Vargas Lozano (Compilador). Ed. Torres y asociados: 2011, p. 151.
[2] En: Alison Gopnik. “El filósofo entre pañales”. Planeta: Madrid, 2010. P, 13. (Prólogo)
[3] Gabriel Vargas Lozano, “La situación de la filosofía en la educación media superior”. Ibíd., p, 204.
[4] Alison Gopnik. Op. cit., p, 19.

martes, 20 de marzo de 2012

Invitación a Pensar

Les comparto la Revista PROTREPSIS, Revista de filosofía de la Universidad de Guadalajara y les invito a leer mi artículo "Invitación a pensar" pags 37-47. Provecho a todos!

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miércoles, 14 de marzo de 2012

ESPERANZA Y RESPONSABILIDAD


“La filosofía tendrá que tener conciencia moral del mañana, tomar partida por el futuro, saber de la esperanza, o no tendrá ya saber ninguno.”
Ernst Bloch

Resumen: El articulo expone una condición antropológica que se considera esencial: la esperanza, y se aborda ligada a la política; por ello se hace necesario una articulación de la esperanza con la responsabilidad. En dicha articulación aparecen varios eslabones que son los que permiten un diálogo entre las dos categorías que nos ocupan. Aparece entonces la voluntad tras el planteamiento de si se es responsable de una acción voluntaria o de una involuntaria, llegando a formular que se es responsable de la acción independientemente de la voluntad puesta en ella. Aparece la culpa en dos vertientes una como un sentimiento de responsabilidad y la otra como adjudicación de la responsabilidad por parte de un tercero. Finalmente, entendiendo que se es responsable por el simple hecho de actuar, llegamos a la siguiente conclusión: “La responsabilidad está para que en la consecución de nuestras esperanzas no antepongamos nuestras conveniencias, si estas conllevan al atropello del otro”.

Palabras claves: Esperanza, responsabilidad, hombre, acción, voluntad, culpa.

Introducción
El hombre no es un ser aislado sino un ser político, que vive en sociedad. En esa medida debe participar del devenir histórico al que pertenece. Sin embargo, dicha participación se da compartiendo -y en muchas ocasiones imponiendo- su individualidad. Lo que permite que el hombre sea un miembro activo de la sociedad es la esperanza, como el principio antropológico que lleva a la acción. Ahora bien, todo acto tiene consecuencias, por tal motivo la acción debe ser regulada de tal manera que las acciones repercutan de la forma más positiva posible, no sólo para el individuo que realiza la acción, sino para aquellos sobre los cuales dicha acción trae consecuencias. Este planteamiento genera una pregunta: ¿qué es lo que regula la acción? Al respecto se formula una hipótesis: lo que regula la acción es la responsabilidad. Esta hipótesis es la que se va a explorar en el presente ensayo. Para tal empresa se hará una aproximación conceptual de la esperanza y de la responsabilidad de tal manera que se pueda dilucidar la función de cada una, para finalmente exponer por qué y cómo la responsabilidad regula la acción a la que conduce la esperanza.

  1. Aproximaciones conceptuales

I.             La esperanza

Se hace necesario hacer un breve recuento de cómo ha sido tratado este tema ya que dicho ejercicio permitirá una ubicación contextual, es decir, mostrará las bases sobre las cuales se construye la propuesta que se trae, a saber, que la esperanza es el principio que nos lleva a la acción. Para ello sigo la exposición –aunque no literal- que hace Ferrater Mora en su Diccionario de filosofía del concepto esperanza, para finalmente tomar partida por uno de los exponentes de este tema: Ernst Bloch, apoyado en El principio esperanza, en el que se trata de manera amplia y magistral.

En la época moderna se ha considerado la esperanza de diversas maneras, una de ellas es la concepción teológica cristiana. Para el cristianismo la esperanza es una de las tres virtudes teologales junto con la fe y la caridad. En el Antiguo Testamento la esperanza está relacionada con la confianza en la promesa que Dios hace a Abrahán con respecto a la Tierra Prometida (cfr. Génesis 12; Éxodo 3) y  está ligada a la resurrección (2 Macabeos 7). En el Nuevo Testamento la esperanza está incluida en la fe en el Reino de Dios. Para el cristianismo la esperanza es una confianza que encamina al hombre hacia el Reino de Dios.

Otro modo de concebirla es el psicológico. Desde este enfoque la esperanza es una pasión del alma, es una perspectiva de adquisición de un bien con probabilidad de alcanzarlo, que genera placer ante la idea de un probable goce futuro de que algo puede generar deleite, tal como se entiende en el artículo 58 de las pasiones del alma de Descartes. Desde esta concepción la esperanza es una expectación, una espera.

De esta interpretación psicológica se ha hecho a su vez una interpretación “existencial” de la cual destacamos a Gabriel Marcel y a Pedro Laín Entralgo como dos de sus mejores exponentes. Para G. Marcel la esperanza no es una expectación, es decir, no es un esperar que algo tenga lugar, sino que se funda en una apertura de quien espera y lo esperado. Es personal por ser esperanza de alguien y es ontológica por referirse al ser y no únicamente al tener. En Esbozo de una metafísica de la esperanza G. Marcel define esta como “la disponibilidad de un alma tan profundamente comprometida en una experiencia de comunión como para llevar a cabo el acto de trascendencia de la oposición entre el querer y el conocer, mediante el cual ella afirma la perennidad viviente de la cual esta experiencia le ofrece, a la vez, la prenda y las primicias” (1998, P, 79). Así, la esperanza es el punto medio entre el ser y el tener, entre el ser que quiere y conoce lo querido, o por lo menos le encamina a conocer lo que quiere: el objeto de su esperanza.

Por su parte Pedro Laín Entralgo, si bien reconoce estos dos aspectos de la esperanza: el óntico y el ontológico, se interesa más por el primero, el acto mismo de esperar, en el que el hombre experimenta la patentación de su finitud, la nada, la realidad, el ser, la infinitud, una apertura a lo fundamentante y comunidad.

Otra consideración de la esperanza se desarrolla dentro del marxismo. En sentido marxista la esperanza no se entiende como la esperanza en un  absoluto más allá, ni en un absoluto más acá, no es utopía (no lugar) ni transformación personal, sino la práctica histórica. Sin embargo, aunque la esperanza no es utopía, la práctica histórica envuelve cierto elemento utópico. Engels buscó eliminar lo utópico para que el socialismo fuera un socialismo científico, es decir, para que fuera una ciencia y no una utopía. Mas, a pesar de los esfuerzos de Engels la utopía persiste y de ello se percata Ernst Bloch para quien la esperanza está en el centro del pensamiento marxista.

Para Bloch el concepto de utopía es de gran importancia porque las utopías son “sueños soñados despiertos”, “sueños diurnos” que aluden a un “todavía no” que lleva al hombre a darle un lugar a aquello que aún no lo tiene: el hombre, la historia, el mundo, los sueños, etc. 

Si bien es cierto que la utopía significa no-lugar [u-topos] y por consiguiente hace alusión a lo que no existe[1] (todavía), no lo es de ninguna manera que sea sólo una ilusión a la que es mejor renunciar. (Cfr. Comte-Sponville, 2005, p, 538) Existe otra posibilidad: tender hacia su realización. Cuando esto sucede ya no se habla de utopía sino de esperanza. El paso acontece en esa tendencia del espíritu humano de realizar sus utopías. Así, la utopía tiene dos acepciones: es una fantasía y un todavía no. 

Antes de continuar con la puesta de Bloch, es pertinente esbozar el planteamiento del filósofo francés Andrés Comte-Sponville, para quien, fiel al pensamiento griego, la esperanza es un consuelo y una expectación, es un esperar que algo tenga lugar y por consiguiente “es la marca de nuestra debilidad” (Cfr. Ibíd. P, 196.).

Esta concepción de la esperanza referida por André Comte-Sponville, es simplemente su aspecto negativo y no nos debe alarmar ni asustar reconocerlo. Para el filósofo francés la esperanza “es un tipo de deseo determinado: un deseo que se refiere a lo que no se tiene o que no es (esperar es desear sin gozar)” (Ibíd. P, 195.). La esperanza tiene una concepción negativa en tanto se refiere a una espera o una atención[2]. Su aspecto negativo es manifiesto porque mientras esperamos el objeto de nuestra esperanza nos sustraemos de goce y, entre otras cosas, porque genera angustia el no saber si obtendremos o no aquello que esperamos, pues la esperanza, según Comte-Sponville, no es sólo un tipo de deseo que hace referencia a lo que no se tiene, sino que, además, se ignora si será o no satisfecho; es decir, no depende de nosotros y por tal se opone a nuestra voluntad. 

Sin embargo, esta no es la única forma de concebirla (a la esperanza), antes bien, hay que poner en duda que dicha concepción responda a la razón de ser propia de la esperanza. 

La esperanza referida por E. Bloch es una puerta abierta o, por lo menos, entre abierta a objetos prometedores y esto siempre de lo mejor, siempre de lo bueno; de esto se deduce que la esperanza no puede ser un mal. Bloch no concibe la esperanza como un mal porque esta siempre hace referencia a lo real-posible, no es una esperanza cualquiera, sino que por referirse a lo real-posible es una esperanza fundada. Lo que funda la esperanza es lo venidero, lo todavía-no como lo real-posible; que sea posible de hacerse real es un bien, por ello la esperanza es esencialmente un bien para el hombre.

Que la esperanza sea una puerta que se abre ante lo real posible hace al mundo no hermético y al hombre libre. El mundo deja de ser una prisión donde todo se encuentra cautivo y custodiado por el destino que ha colocado todo como ya-dado en el mundo. El mundo, gracias a la esperanza, “no existe como prisión” (E. Bloch, 2004, P, 388) y nada de lo que en él hay existe como ya-dado, sino como lo todavía-no, como lo posible de ser, como el ya (concebido) pero todavía no (logrado)

El hombre es por esta categoría de todavía-no, libre. La esperanza, en todo, hace que el mundo no sea una cárcel y que el hombre por tal sea libre. La esperanza fundada funda realidad “aquella en la que el hombre puede llegar a ser hombre para el hombre, y el mundo patria para el hombre” (Ibíd. P, 389.).

En definitiva, dice E. Bloch, “el efecto de la esperanza sale de sí, da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos, nunca puede saber bastante de lo que les da intención hacia el interior y de lo que puede hacerse con ellos hacia el exterior. El trabajo de este efecto exige hombres que se entreguen activamente al proceso del devenir al que ellos mismos pertenecen” (Ibíd. P, 25-26.).

Hasta aquí lo concerniente a la aproximación conceptual de la esperanza, acto seguido se hará la aproximación conceptual sobre la responsabilidad, el otro tema de interés en este ensayo, de tal manera que se pueda esclarecer la hipótesis sobre la cual se indaga.


II.            La responsabilidad


¿Qué es la responsabilidad? ¿Cuál es la causa de la responsabilidad? ¿De qué, cuándo, ante qué y ante quién se es responsable? Son las preguntas a las cuales se dará respuesta a continuación.

La responsabilidad es entendida en este ensayo como el estado de conciencia que permite que la acción sea regulada, guiada, dirigida y corregida, esto responde a la pregunta ¿qué es la responsabilidad? Sin embargo, para entender lo que con ello se quiere decir es menester hacer un tratamiento general de lo que por responsabilidad se ha entendido.

La responsabilidad se adscribe a tres ámbitos: el ámbito político, el antropológico y el religioso: de tal manera que se es responsable ante la sociedad, ante uno mismo y ante Dios. En el estudio que aquí se hace de la responsabilidad se van a tratar sólo los dos primeros, esto es, el político y el antropológico, dado que ser responsable ante Dios es ser “responsable ante nadie”, ante nadie más que Dios y esto hace que la responsabilidad sea una experiencia subjetiva. Dicho de otro modo, hablar de la responsabilidad desde el ámbito religioso, es igual a tratarlo desde el ámbito antropológico y que luego tendrá incidencias políticas.[3]

Escribe Ferrater Mora en el Diccionario de filosofía: “se dice de una persona que es responsable cuando está obligada a responder de sus propios actos” (Ferrater Mora, 1998, p, 3082). ¿Significa esto que cuando no está obligada a responder, deja de ser responsable? De ninguna manera. Una persona puede no ser culpable y en ese caso se dice que no está obligada a responder de sus actos. Pero es responsable en la medida en que son sus actos. Por ello a las personas con trastornos mentales se les exonera de culpa cuando cometen un delito, lo que no quiere decir que no sean ellas las responsables del delito cometido. Responsabilidad y culpabilidad son cosas distintas, de ahí que se diga “soy responsable, pero no culpable”, como es el caso del ministro a quien cita André Comte-Sponville en su diccionario (Ibid. P, 459.).  Así pues, se es responsable de todo lo que se hace, ya sea voluntaria o involuntariamente, pero sólo se es culpable de lo que se hace de manera voluntaria.

“La gran mayoría de los filósofos está de acuerdo en que el fundamento de la responsabilidad es la libertad de la voluntad” (MORA, Ferrater, Ibidem). Es decir, que una persona es responsable de sus actos, si estos son deliberados. Y tienen razón en ello, pero aún cuando se actúa de modo involuntario se dice de una persona que es responsable. La responsabilidad no admite exclusiones.

Hay una noción de responsabilidad que merece ser especialmente tratada: la noción de sentimiento de responsabilidad (Lévy-Bruhl). Aquí la responsabilidad y la culpabilidad[4], si bien siguen siendo distintas, van de la mano: “la presencia de tal sentimiento supone una civilización bastante avanzada en la cual existen la ley y la sanción. La responsabilidad queda entonces bien precisada aun cuando no pueda decirse que sea muy pura, ya que está ligada a la ley del castigo. Con más pureza se destaca la noción de ser responsable cuando aparece el sentimiento de culpabilidad” (MORA, Ferrater. Ibidem).

Cuando se habla de sentimiento de responsabilidad, se hace para dejar de lado la noción un tanto abstracta de la misma y se lleva al ámbito de lo personal. El sentimiento de responsabilidad es un sentimiento personal que compromete a cada persona y le hace comprender que no puede simplemente abandonarse a sus conveniencias personales (Cfr. Ibídem).

Hasta aquí lo concerniente a la aproximación conceptual tanto de la esperanza como de la responsabilidad. Acto seguido se va a indagar por las funciones que cumplen para poder dilucidar su punto de encuentro.


2.   Las funciones de la esperanza y de la responsabilidad

Se ha dicho que la esperanza da amplitud a la voluntad, lleva a la acción y la responsabilidad encausa la acción. Por tanto, a continuación se van a desarrollar estas ideas en aras de la claridad y la comprensión.

I.             Llevar a la acción 

Tal es la función de la esperanza. Llevar a la acción quiere decir desarrollar las potencialidades. O, en otras palabras, que no se está en acto sino en potencia. La esperanza es el principio que nos lleva a actuar. Por ello se entiende que Ernst Bloch titule su gran obra “El principio esperanza.” De ahí, incluso, que en este texto presente la esperanza como un motor vital: como el motor vital que lleva a la acción.

Pensar la esperanza desde esta perspectiva es arriesgarse a recrear el mundo junto con el hombre que lo habita. El hombre es ser-en-el-mundo como ya lo atestiguó Heidegger y a su vez es un ser fragmentario e inacabado, haciendo a la vez al mundo tan fragmentario como él. Así, el hombre pone en juego su pasado (su historia, su tradición), su presente (su ser-ahora), y su futuro (su no-ser). Pone en juego su realidad a partir de la deconstrucción de su existencia. Una existencia que es dinámica y tiene que ser así para que pueda tener algún sentido.

Que el mundo esté en estado de no-ser, en tanto inacabado y que el hombre esté, de manera ineludible, inmerso en tal mundo, supone un compromiso (trabajo) y tal es que busque la realización de su ser, desde la realización del mundo que habita y que por tal le pertenece, como un acto de responsabilidad, no sólo con él, sino, además con los otros y con lo Otro. Esto implica que el hombre se piense desde su historia, desde lo que en el ahora le acontece y finalmente de todo lo que esto le genera y le demanda en la construcción de su futuro. 

Lo que se pretende, pues, al situar al hombre y al mundo en estado inacabado, es situar a la filosofía, en tanto ésta aborda al hombre en relación con el mundo, como una filosofía que debe ser pensada, desde el pasado pero sin quedarse en él, desde el presente como su campo de acción y desde el futuro, especialmente, como garante de saber, como conciencia de supervivencia. La filosofía es “conciencia moral del mañana” tal como lo expresa Ernst Bloch (Cfr. Ibíd. P. 1095.).

Quiero hacer énfasis en el carácter de futuro como conciencia de supervivencia de la filosofía, porque si bien ésta tiene que plantearse los problemas que se presentan actualmente, tiene que pensarlos desde las implicaciones que estos puedan tener para la humanidad en un mañana, pues, ciertamente, ya tienen implicaciones en la humanidad del hoy. Todo esto puede ser elaborado muy bien desde los interrogantes: ¿cuál es el mundo que queremos para las próximas generaciones? ¿Cuál es el tipo de hombre que estamos construyendo y que en realidad queremos construir? Esto último teniendo en cuenta que la realidad objetiva permea a todo ser humano en ella inmerso y que por tal le afecta.

Ahora bien, que la esperanza sea un motor vital que lleve a la acción implica unas consecuencias, pues, dicha acción repercute de alguna manera (positiva o negativa) en el ser que actúa y su contexto, esto es, repercute en su ser y estar con los otros. Por ello debe haber algo que regule la acción y que en caso de repercutir de manera negativa la pueda corregir, procurando con ello que las acciones futuras sean más afortunadas. Ese “algo” es la responsabilidad. En lo que sigue se tratará y clarificará este modo de pensar.

II.           Encausar y corregir la acción

Esta es la función de la responsabilidad.  Encausar la acción significa: dirigir la actuación, prever los efectos. Ahora bien, los efectos no siempre son ni pueden ser previstos, de tal forma que, en aras de ser responsable, la acción, además, debe ser corregida. Gracias a la corrección que hacemos de nuestros actos y de nuestras faltas somos mejores moralmente.[5]
 
Es claro que nuestros actos no siempre son concientes, por ello no siempre se prevén los efectos, incluso, por ello, no siempre se es culpable aunque se sea responsable como se dijo anteriormente con respecto de una persona con trastorno mental o una persona que actúa de manera involuntaria. Ahora bien,  teniendo en cuenta que las personas que tienen trastornos mentales son pocas comparadas con las que no los padecen y que en la mayoría de los casos nuestros actos son concientes, en la medida en que nos movemos en función de algo, es decir, con una intención, los efectos pueden ser previstos. ¿Cuáles efectos? Los queridos, los esperados. Es necesario hacer esta aclaración dado que alguien puede preguntar ¿se pueden prever todos los efectos de una acción? A lo que necesariamente tendría que responderse con una negación. Ciertamente no todos los efectos se pueden prever, sólo los efectos esperados son previsibles.

En vista de que sólo se pueden prever los efectos que se esperan, es imposible evitar hacer daño involuntariamente. De allí, que en ocasiones la persona diga ¡perdón, no ha sido mi intención causarte daño! Dicha actitud indica que la persona es conciente no sólo de sus actos, sino, además de los efectos que dichos actos han producido. Este ser conciente del daño causado con un efecto no previsto, involuntario, que lleva implícito un sentimiento de culpabilidad, es lo que aquí se entiende por responsabilidad. Se es responsable cuando se es conciente. Ser conciente es lo que permite que una acción futura sea mejor y haga menos daño o no cause daño alguno. El hecho de ser conciente es lo que permite reconocer el error en el actuar precedente para no repetirlo más adelante.

Indagando un poco más en el centro del asunto se encuentra que el fundamento último de la responsabilidad es la radical libertad de la voluntad del hombre. Libertad para elegir y para actuar.

André Comte-Sponville en Invitación a la filosofía nos dice que “ser libre es hacer lo que se quiere” (2002, p, 73). Ciertamente nadie puede decirse libre cuando su querer está cohibido por otro querer distinto del suyo. Sin embargo, cuando la libertad entra en los senderos de la responsabilidad, ser libre no es hacer lo que se quiere sin más, sino hacer lo que se quiere siempre y cuando este querer no repercuta en daño para otro (mi libertad termina donde comienza la libertad del otro).

Ya se dijo que la responsabilidad, entendida como un sentimiento personal,  está ligada a la ley del castigo. Pues bien, es la libertad la que sirve de puente. Así, tenemos que la responsabilidad es respetar la libertad del otro. Y, además,  que ser libre significa actuar con responsabilidad.


3.   A modo de conclusión

La esperanza da amplitud a los hombres, es el principio trascendental que los lleva a transgredir sus propios límites. Sitúa al hombre y al mundo como un constante siendo. Por la esperanza se trazan los proyectos del futuro. Por ella el hombre es lo que es: un enigma. Nada se puede decir del hombre con exactitud.

El hombre es un ser en apertura, dispuesto a lo que está por-venir, a lo que está por delante de él y que le adviene recreándolo. Por la esperanza hablamos de pasado, presente y futuro; sin ella nuestra visión del mundo sería nula. Sin ella no tendríamos noción de vida, ni de mundo, ni de tiempo.

La amplitud que la esperanza da a los hombres inicialmente los llena de intención y luego los pone en acción. La responsabilidad aparece como reguladora de las acciones. Como la brújula por la cual la esperanza se guía. Nuestras esperanzas no deben ser las desesperanzas de otros. La responsabilidad está para que en la consecución de nuestras esperanzas no antepongamos nuestras conveniencias, si estas conllevan al atropello del otro.


BIBLIOGRAFÍA

·         MARCEL,  Gabriel. Homo viator. Sígueme: Salamanca, 1998.
·         COMTE-SPONVILLE, André, Diccionario filosófico, Paidós: Barcelona, 2005.
·         ---------------------------------------. Invitación a la filosofía. Paidós: Barcelona, 2002.
·         BLOCH, Ernst, El principio esperanza, tomo I. Madrid: Trotta, 2004.
·       MORA, Ferrater, Diccionario de Filosofía, Ariel: Barcelona, 1998.
·       GUARDINI, Romano, ética, B.A.C: Madrid, 2000.
·      POPPERR. K. R. La responsabilidad de vivir. Paidós: Barcelona, 1995.



[1] Se dice que la utopía no existe en tanto no tiene lugar todavía, sin embargo, existe como un bien que se anhela. Lo que dota a la utopía de realidad, de existencia es la esperanza en tanto anima a obtener o alcanzar el bien anhelado.
[2] De atener.
[3] Esto se piensa desde Feuerbach para quien toda teología es una antropología. Y desde Wittgenstein para quien la religión es una experiencia personal indecible que lleva al hombre a actuar de una determinada manera, esto es, acorde con su experiencia religiosa.

[4] “La culpa aflora por la conciencia de que una acción no tenía que suceder necesariamente: se dio porque se quiso (o, también, porque no se evitó que sucediera). Lo cual significa que se tiene que responder tanto por la acción misma como de lo que tiene su causa en ella. Así pues, hay una realidad de la que acontece la culpa y de la que hay que responder.” Véase la concepción de culpa y de responsabilidad que tiene Romano Guardini en su libro ética, B.A.C: Madrid, 2000, p, 333.
[5]  Para una mejor comprensión de este asunto véase: POPPERR. K. R. La responsabilidad de vivir. Paidós: Barcelona, 1995, p, 217-224.